
Escena de Las Leandras en el Tomás Barrera Foto: GACETA
Aurelio Maroto
Dicen que todos los caminos llevan a la calle de Alcalá, y este domingo esa calle se trasladó a la Avenida de la Libertad, que desemboca en el auditorio ‘Tomás Barrera Saavedra’. Las Leandras, la revista que Francisco Alonso escribió en 1931 para Celia Gámez, pisó por primera vez el escenario de la Semana Nacional de Zarzuela de La Solana. La Compañía Dolores Marco colgó el cartel de lleno en la función de tarde y de muy buena entrada en la de noche para completar un “estreno” que conquistó al público por su vistosidad, hilaridad y puesta en escena general.
Conviene precisar que no es zarzuela en sentido estricto, porque sus números musicales no se enlazan con el argumento, pero sí es pariente cercana. Alonso, autor de La calesera y La parranda, firmó una partitura en formato revista, aunque con aires de ‘zarzuela chica’, y en esa frontera se movió la propuesta. Se estrenó en el Pavón en noviembre de 1931, pocos meses después de proclamarse la II República. Y no faltan guiños políticos y alusiones al derecho de la mujer a la educación o al divorcio.
La compañía ‘invitó a varios espectadores al escenario Foto: GACETA
El montaje acertó por sobriedad. Decorados sencillos y una pantalla de fondo con imágenes del Madrid castizo, adaptadas a cada cuadro, bastaron para situarnos sin recargar y con buen ritmo. Brilló el reparto genérico, que hizo creíble el enredo de Concha, una joven que sueña con triunfar en la revista y que hace creer a su tío, rico hombre de provincias, que vive en Madrid para estudiar. Al saber que él va a visitarla, convierte con ayuda de la compañía un antiguo burdel en un internado de señoritas. Los viejos clientes del local, confundidos con el pariente, provocaron la carcajada fácil del vodevil, y los secundarios dieron la réplica con precisión de relojero.

Canción de las canarias ‘Al bailar el tajaraste’ Foto: GACETA
En los papeles centrales, Alicia Montesquiu fue una Concha resuelta, como suele ser ella en todos los roles que ataca, y Lorenzo Moncloa un Pichi con chispa; otro papel clavado para el perfil desenfadado del pequeño de los Marco. Soprano y barítono no necesitan aquí alardes vocales, pero sí dotes de actor, y ambos las mostraron. Moncloa firma además la dirección escénica, junto a la dirección musical de César Belda. Completaron el reparto la incombustible Amelia Font, en el papel de Manuela, junto a Carlos Crooke, Ángel Walter, María Garrido o Aníbal Tartalo, entre otros, con las chicas de revista de Sara García y Laura Galán.

El célebre pasaje de Los Nardos Foto: GACETA
Hubo ovación en los números esperados. El chotis El Pichi, con su chulapo de barrio, arrancó sonrisas y algún tarareo en las butacas, algo muy propio de una obra que, cuentan las crónicas, distrajo de tal modo a los diputados que se aplazó una sesión de Cortes. Y llegó Los nardos, el pasacalle que Celia Gámez inmortalizó. La tradición dice que ofreció una de esas flores a Manuel Azaña desde el palco presidencial y que el presidente la guardó como amuleto. El público lo coreó como lo que es, un himno de la memoria madrileña, el mismo que cantó Sara Montiel en el cine y que ha sobrevivido a la censura. Desde el foso llegó uno de los momentos álgidos cuando el director de orquesta -mejor con la batuta que dando explicaciones- pidió al público cantar un bis de Los Nardos. El Tomás Barrera estuvo a la altura, desde luego.
Honra a la Semana este atrevimiento de abrirse a la revista sin perder su esencia. Se trata de innovar sin desnaturalizar. He ahí la clave. Todos ganan.

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