Alberto Ruiz, un solanero con estrella

Alberto, durante el mundial sub-15 Foto: Jasmin Walter

Aurelio Maroto

La Solana tiene un nuevo inquilino en su particular Olimpo de grandes deportistas. Alberto Ruiz pide cubierto en la mesa de los Iván Romero, Paula Sevilla, Hermi Parra, Antonio Serrano… Su aval es más que suficiente: desde este viernes, 30 de octubre, luce en el pecho la estrella de campeón del mundo sub-15 con la selección española. El canterano del Real Madrid ha sido una de las grandes sensaciones del novedoso torneo en Azerbaiyán, liderando a La Rojita en su camino hasta la final. Su agónico gol ante Gales en los dieciseisavos fue el punto de inflexión que desató a la fiera y, probablemente, cambió la historia.

En La Solana, donde el fútbol se bebe en copa grande, todos seguían lo que ocurría en Bakú. Tras una primera fase inmaculada, con victorias ante Chile, Congo, Tayikistán, Barbados y Kuwait, llegó la hora del KO. España sufrió ante los galeses y pasó por penaltis. Ahí terminó el sufrimiento, al menos de puertas para afuera: cayeron Ecuador, Colombia y Grecia, y en la gran final, Chequia. En esa vorágine de partidos, Alberto jugó, brilló, marcó y emergió como lo que es: una de las mayores promesas de su generación.

Los solaneros devoran crónicas a estas horas. Que si «el Modric manchego», que si «la joya de Valdebebas», que si «la Premier pone el ojo en Alberto Ruiz»… Cantos de sirena que halagan el oído y alimentan el orgullo galán. Está bien: ¿por qué no disfrutar del momento? El libro que escribe el joven Alberto es tan precoz como seductor, aunque nadie sabe cuál será el próximo capítulo, y ahí es donde conviene bajar a la tierra.

Alberto, en el centro de la foto rodilla en tierra, en La Moheda (2018) Foto: GACETA

Tiene solo 15 años, y conviene recordarlo. El fútbol está lleno de grandes proyectos que se quedaron en el camino, de catedrales que acabaron siendo simples ermitas. Alberto Ruiz Santa Quiteria Intillaque (La Solana, 2011) levanta sin prisa su propio andamiaje. Nació con un balón en las manos. O en los pies. Creció donde crecen todos los niños solaneros, al abrigo de La Moheda. Su casa olía a fútbol: su padre, Manolo, fue Sancho V hasta que el cartílago del pie le obligó a retirarse con apenas 26 años. Sus hermanos (José, Antonio, Agustín y Santos) le habían precedido, y todos forjaron la leyenda dinástica de los Sanchos vestidos de amarillo, con alguna aventura esporádica fuera. Pero, en honor a la verdad, la génesis de la saga fue el abuelo Gabriel. Con él empezó todo. Eso sí, la nueva perla de La Fábrica lleva también sangre Intillaque en las venas: su tío Carmelo ha sido uno de los centrocampistas creativos más finos y elegantes que ha parido La Moheda.

Es fácil adivinar por qué Alberto Ruiz -que en La Solana siempre será Sancho- da motivos para el optimismo. El talento lo trae de serie por ambas ramas familiares. El resto depende de varios factores clave, entre ellos el proceso formativo y la diosa fortuna. Lo primero parece garantizado. Manolo y Maribel tienen clara la hoja de ruta de su hijo: estudio, disciplina, equilibrio emocional y dedicación, todo ello en un entorno familiar unido y sereno. Por eso dejaron La Solana y se instalaron en Madrid. El azar, en cambio, siempre es indescifrable: lesiones, malas decisiones, relaciones tóxicas… Nada puede descartarse. De momento, el blindaje de sus padres y el modelo formativo del Real Madrid van moldeando con acierto la evolución de Alberto. Él solo aporta su genio futbolístico, que es inmenso.

Que nadie le pida todavía que sea leyenda. Que le dejen ser quinceañero, equivocarse, crecer, que le aplaudan sin asfixiar, que le permitan soñar sin exigir. Porque los campeones explotan en los estadios, pero se cultivan en casa. Así se forja un niño con estrella.

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